Bibliotecas, lugares para desconectar

unpluggedUna de las tendencias que señala The ALA Center for the Future of Libraries es la desconexión, el unplugged, una palabra que nos recuerda a los conciertos acústicos los noventa y que ahora vuelve a nosotros con otro significado. La idea que se esconde tras este concepto es que, en una sociedad siempre conectada, se hacen necesarios momentos y espacios para reflexionar y centrarse en lo que es importante.

Aprender a gestionar la conexión es indispensable para quienes llevamos todo el día un smartphone. En los momentos en que necesitamos concentrarnos en alguna tarea aprendemos a configurar las notificaciones para que What’s App y otras aplicaciones no nos hagan perder el hilo.

Las bibliotecas son lugares que algunos de nuestros usuarios asocian al silencio y a la concentración. Sin embargo, en ocasiones la distribución de espacios —que en muchas bibliotecas se escribe en singular— no hace posible condicionar otros servicios a las necesidades de unos pocos. A partir de la tendencia que señala la ALA surgen varias cuestiones: ¿cómo capitalizar ese valor que se asocia a nosotros y que es útil para la sociedad? ¿Realmente debemos renunciar al silencio? La respuesta no es sencilla, especialmente para quienes no cuentan con espacios separados, y por eso este tema es recurrente y sigue generando controversias en una sociedad que sigue asociándonos al estudio y la concentración.

Por otra parte, ¿saben nuestros usuarios cómo desconectar? Algunas bibliotecas celebran talleres sobre el uso de dispositivos móviles en los que también se explica cómo silenciar el móvil, configurar las notificaciones en sus diferentes aplicaciones y en qué momento no está bien considerado socialmente que se utilice el móvil. Como suele ser habitual en estos casos, la culpa de muchos de los males que se asocian a la tecnología nos son suyos, sino del uso que hacemos de ella y que en muchos casos aún no hemos aprendido.

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Hacia un ecosistema móvil en bibliotecas

Ecosistema móvil en bibliotecas

Con el tiempo utilizamos la tecnología móvil para más tareas en nuestra vida cotidiana. Comenzamos llamando por teléfono y enviando SMS y ahora consultamos internet, descargamos aplicaciones, tomamos fotografías y vídeos, leemos y muchas más cosas. Dos tareas que desde hace unos meses he comenzado a realizar desde mi smartphone son llevar los billetes de tren o de avión y monitorizar mi ejercicio físico diario.

En las bibliotecas sucede lo mismo: con las nuevas funciones de la tecnología móvil se abre la oportunidad de utilizar los dispositivos móviles cada vez para más tareas, tanto para los usuarios como en los procesos internos. En este sentido, se han producido recientemente algunas novedades:

  • En el mes de abril Innovative Interfaces lanzaba la app para iPhone Worklists, que se integra con Sierra y permite realizar listas para facilitar el trabajo técnico.
  • Las empresas Capira y Bluu Technologies ofertan servicios para la implementación de beacons en bibliotecas. Estos beacons se utilizan para enviar notificaciones a los usuarios que se acercan físicamente a los lugares en los que están situados.
  • WhatsApp, una app nativa móvil, se incorpora en los canales de comunicación con la biblioteca. La Biblioteca Universitaria de Las Palmas de Gran Canaria ha puesto en marcha un servicio, según explicó recientemente en Iwetel Mariló Orihuela.
  • Llevar el carné de la biblioteca en el móvil, algo de lo que hablé en una nota ThinkEPI publicada el pasado año. Esta es una de las funciones que incorpora la app BibliotequesXBM, de la Xarxa de Biblioteques Municipals de la Diputació de Barcelona.
  • La tecnología móvil impacta incluso en los espacios físicos y en los entornos de trabajo, que se adaptan a los nuevos servicios. Sobre ello hablaban ayer precisamente en Library Journal.

Por todo ello se hace necesario comenzar a pensar en la tecnología móvil como un ecosistema en el que todo está relacionado y que se extiende a todos los ámbitos de la biblioteca.

Esta es la principal idea que quise transmitir durante la presentación de los Informes ThinkEPI de Documentación y Comunicación, en la que participé junto con Goloria Pérez Salmerón, Xavier Agenjo, Pablo Lara y Remedios Melero y que coordinaron Tomas Baiget e Isabel Olea durante las XIV Jornadas Españolas de Documentación (Fesabid 2015).

Todos tenemos un dispositivo de lectura: el teléfono móvil

cabecera3Los lectores de libros electrónicos están destinados a ser un producto de nicho. Es lo que contaba Todd Wasserman en Mashable hace unos días, y la noticia está replicándose hasta percibirse como una verdad absoluta. A pesar de lo que a nosotros, gente del libro, pueda parecerno, los eReaders nunca han sido dispositivos populares y lo que contaba ayer Mashable no es más que la afirmación de una realidad.

Una muestra del desinterés de la industria es que los grandes fabricantes de dispositivos de lectura se están dirigiendo a otros negocios, contaba Wasserman: Amazon ya ha anunciado su smartphone, el Fire Phone, y Barnes & Noble externalizará la división del Nook. Y es que son ya varios los medios que han advertido de la falta de innovación en el sector del eReader y de la desaceleración en las ventas, que en 2012 cayeron un 28%, según IDC, y se espera que sigan bajando.

No se trata de que los eReaders vayan a desaparecer, sino más bien que quedarán en nicho de mercado muy concreto, el de los grandes lectores. Y es el smartphone quien está destinado a ocupar un papel importante como dispositivo lector, asegura Wassman, por delante de la tableta. Desde luego, el eReader y las tabletas son más cómodos para leer que un smartphone, pero sólo los lectores intensivos parecen estar dispuestos a adquirir un dispositivo dedicado exclusivamente a ello. El resto de los mortales prefiere leer en el mismo dispositivo que utiliza para todo lo demás ―escuchar música, llamar por teléfono, tomar fotografías y grabar vídeos, actualizar el perfil de Facebook o consultar la predicción del tiempo, entre muchos otros― y que ya tienen, y suele ser un smartphone.

Nos cuesta pensar en el smartphone como un dispositivo de lectura, también de lectura de libros, pero no es nada descabellado: los formatos de libros electrónicos como el ePub o el .mobi de Kindle se adaptan a cualquier pantalla y éstas son cada vez más grandes. Cada vez hay más datos que revelan que en los smartphones también se lee: un informe de Pew Internet descubrió que el 29% de los lectores de libros electrónicos los leyó desde su teléfono móvil. Y un reciente estudio de la Unesco, realizado en países en vías de desarrollo, expone que quienes leían en el smartphone lo hacían sobre todo porque siempre lo llevaban consigo (67%) o por ser más barato (13%) y sólo un 9% lo escogía por ser el único soporte disponible para ellos.

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Fuente: Hábitos de lectura en compra de libros en España, 2012.

El último barómetro de lectura y compra de libros en España, correspondiente a 2012 (pdf), ya mostraba que la lectura era más frecuente en el móvil que en el eReader. Aunque estos datos se refieren a lectura en general, incluyendo, revistas, blogs, libros y otros formatos, la diferencia en la lectura de libros desde el smartphone y el eReader no es tan grande como cabría parecer: el 4,6% de los encuestados leía entonces libros en el móvil y el 6,3 lo hacía en un eReader. Cabe esperar que en los dos últimos años estos datos hayan evolucionado.

Quizás sea hora de empezar a pensar en contar a nuestros usuarios las utilidades para la lectura de los smartphones que llevan en el bolsillo, casi todos tienen uno.

Por qué hablar de smartphones en las bibliotecas no es una frivolidad

Imagen de Intel Photos compartida bajo licencia CC by-nc-sa.

Imagen de Intel Photos compartida bajo licencia CC by-nc-sa.

En ocasiones se piensa en smartphones, tabletas y otros dispositivos móviles como una frivolidad. ¿Por qué los profesionales de la información y los bibliotecarios debemos preocuparnos por este tipo de dispositivos electrónicos y adoptar un punto de visto más abierto con respecto a ellos? ¿Por qué hablar de smartphones en bibliotecas no es una frivolidad, sino que tiene mucho que ver con nuestro trabajo?

Porque permiten el acceso a la información y a la cultura, de la misma manera que los libros, revistas, periódicos o que los ordenadores, desde los que nos conectamos a internet. La información es una herramienta básica para desenvolvernos en esta sociedad, pero a veces se nos olvida que los dispositivos móviles también nos permiten buscar en Google y acceder a cualquier página web, descargar y leer libros, ver vídeos, escuchar archivos sonoros o descargar e instalar apps, es decir, acceder a la información. También la cultura habita en internet.

Porque son dispositivos de lectura. Según el estudio Hábitos de lectura y compra de libro en España, 2012 (pdf), el 12,9% de los españoles de 14 años o más lee en un móvil o en una agenda electrónica. Este porcentaje es mayor que el de lectores en e-readers, del 6,6%. Si bien este estudio entiende la lectura en sentido amplio e incluye lectura de prensa, revistas, cómics, webs y blogs, la diferencia entre ambos dispositivos en la lectura de libros es mucho más baja de lo que cabría pensar.

Porque constituyen un medio de comunicación con los usuarios. Algunas bibliotecas han incorporado sistemas de avisos por SMS o se comunican con los usuarios a través de las redes sociales, incluso de Wasap. Por otra parte, las aplicaciones permiten incluir sistemas de notificaciones y avisos que se pueden hacer llegar automáticamente a los usuarios que instalan la app de la biblioteca.

Porque sus funciones facilitan la vida diaria a los usuarios, que ya se acercan a nuestros mostradores de préstamo con la foto del libro que quieren. En este sentido, las bibliotecas deberían pensar en aplicaciones que ayuden a los usuarios en tareas como encontrar un libro para leer, llegar a la biblioteca de la forma más rápida, descargar un libro electrónico o comunicar en el mostrador cuál es el documento que están buscando, entre muchas otras.

Mientras sigamos pensando que la tecnología no va con nosotros seguiremos teniendo bibliotecas del siglo XX en el siglo XXI.

Tecnología NFC y códigos QR, su uso en la biblioteca y otras historias

La Biblioteca Pública de Hanno, en la prefectura de Saitama (Japón) ha implantado la tecnología NFC (Near Field Communication) en sus instalaciones. En la web de la empresa Fujitsu, que ha colaborado en este proyecto, se explica cómo la proximidad del smartphone con las etiquetas NFC, que en este caso se han colocado en varias estanterías (véase imagen más abajo), activa un portal web desde el que se accede a varias fuentes de información, como la Wikipedia o varias bases de datos. De esta manera se puede ampliar información sobre los libros de la colección, lo que ayuda al lector a tomar una decisión a la hora de escoger sus lecturas en el momento de la elección, en la biblioteca. Este portal web, cuyo diseño está optimizado para dispositivos móviles, también permite efectuar reservas de libros y publicar reseñas.

El proyecto Karirutatchi ―así se denomina― se ha implementado por primera vez en esta biblioteca con unas cien etiquetas NFC iniciales que pretenden aumentarse más adelante. En un futuro está previsto que se extienda este proyecto a quinientas bibliotecas de todo el país.

NFC en la Biblioteca Pública de Hanno.

La tecnología NFC permite una conectividad cercana, de unos centímetros, para el intercambio de datos entre dispositivos. Su funcionamiento requiere dos elementos: una etiqueta NFC previamente programada con la instrucción de la tarea a realizar y un smartphone que incorpore la tecnología NFC. Tras instalar una aplicación lectora de NFC en el smartphone, éste debe situarse cerca de la etiqueta para que se ejecute la instrucción.

Si bien se lleva algunos años hablando sobre cómo esta tecnología podría implantarse en las bibliotecas, hasta el momento son escasas las iniciativas puestas en marcha. Por una parte, en la actualidad no todos los smartphones incorporan NFC, aún poco conocida ―el iPhone es uno de los que aún se resiste―, y por otra, la adquisición de las etiquetas conlleva un gasto (aproximadamente un euro por etiqueta) que puede evitarse con otros sistemas.

Aunque hay quienes aseguran que el NFC eclipsará a los códigos QR, estos últimos se han postulado en la práctica como una alternativa más ventajosa para las bibliotecas de nuestro país, especialmente porque son más populares y reconocibles, pero también porque son legibles desde cualquier smartphone y fáciles y baratos de producir ―con sólo buscar en Google «generar QR» se pueden encontrar montones generadores gratuitos en línea y los códigos pueden imprimirse en cualquier soporte―. Al menos en aquellos casos en que el objetivo es algo tan simple como dirigir al usuario a un sitio web.

La tecnología NFC ofrece ventajas frente a los códigos QR en los casos en que se desea aprovechar el elemento de la proximidad o se requiere ejecutar una instrucción para agilizar un proceso. Así, por ejemplo, cuando el objetivo es formalizar un pago de la manera más rápida para el cliente, NFC será una mejor solución (ver vídeo) que los códigos QR, que exigirán al cliente seguir una serie de pasos para autenticarse (así lo plantea PayPal). En el blog QR-Code se explican las diferencias entre ambos.

Otros posibles usos de la tecnología NFC en bibliotecas son la descarga de libros, como proponen el proyecto Ingebord y la propuesta Library Underground ―una idea de un grupo de estudiantes de llevar la biblioteca al metro y poder descargar desde él libros electrónicos a modo de muestra―, el autopréstamo o sustituyendo al carnet de la biblioteca. Estos dos últimos usos sí podrían justificar el uso de la tecnología NFC, que agilizaría los procesos. Más relacionada con la lectura está esta experiencia que conocimos a través de Marta Abarca Villoldo en las últimas Jornadas Españolas de Documentación y que permite escuchar el audiolibro al acercar el smartphone a la portada de su versión en papel, una idea pensada para personas con discapacidad visual.

Pero además Karirutatchi forma parte del portal Kariru, desde el que es posible localizar un libro en cualquier biblioteca del país. Se trata de un catálogo muy diferente a los que estamos acostumbrados a ver: no solo abarca a varias bibliotecas públicas del país, todo un logro, también su diseño es muy informal y priman los elementos gráficos sobre los textuales. La portada y una ventana con publicidad son los elementos más visibles, mientras que los datos bibliográficos quedan en un segundo plano (edición, ISBN…).

Gracias a los dispositivos móviles y la conexión a internet cada vez tenemos más medios a nuestro alcance para facilitar a los usuarios el acceso a la información desde la biblioteca. Es el momento de encontrar la forma de explotar esos medios y buscar soluciones óptimas, al menor coste posible, que realmente funcionen y sean útiles y eficaces para nuestros usuarios. Pero antes que nada debemos conocer cada tecnología y saber aplicarla a cada caso concreto. De ello dependerá su éxito, y también el de nuestras bibliotecas en la era digital.

Estado de la #bibliomovilidad en 2013

Cada vez son más las bibliotecas en el estado español que ponen en marcha alguna iniciativa respecto a los dispositivos móviles. Para recoger esta realidad me gusta usar el término #bibliomovilidad que define la aplicación de los dispositivos móviles y su tecnología en los servicios bibliotecarios, ya sea desde el punto de vista del usuario o del personal de la biblioteca. La almohadilla va incluida en el término #bibliomovilidad en honor al origen de esta palabra, que surgió para reunir a los tuits con una misma temática en Twitter, pero también para significarla como descriptor de una realidad.

La actividad Dispositivos móviles y bibliotecas: experiencias que conectan lo presencial y lo digital, celebrada en el marco de las Jornadas españolas de documentación – FESABID 2013 y patrocinada por Swets, cumplió un papel de foro para conocer las experiencias relacionadas con dispositivos móviles que se están llevando a cabo en las bibliotecas. En total se presentaron once experiencias que se sitúan en diferentes líneas de trabajo, como se verá a continuación.

Participantes presenciales en la actividad Dispositivos móviles y bibliotecas. Imagen cortesía de Fesabid.

Las bibliotecas universitarias están a la cabeza en #bibliomovilidad, y aunque sólo son quince las que han desarrollado alguna iniciativa hasta el momento, según explicó Jordi Serrano, se perciben claramente como un porcentaje mucho mayor que en otros tipos de bibliotecas, aún a falta de datos.

El primer paso que las bibliotecas están dando es crear un sitio web propio y son cada vez más las que se están decidiendo a hacerlo. Las formas varían desde la creación de un sitio web completamente nuevo pensado exclusivamente para móviles, incluso los contenidos, hasta la adaptación del ya existente. Por esta última vía han optado las Bibliotecas de la Universidad de Salamanca. En este punto se plantea una disyuntiva sobre qué camino seguir, la solución dependerá de factores como los recursos o los objetivos marcados.

Tras BiblioUSAL, la app de la Biblioteca de la Universidad de Salamanca, han aparecido otras aplicaciones móviles. La última de ellas es BibliosBCN, que destaca por su originalidad en el actual panorama internacional, en el que la mayoría de las aplicaciones móviles se plantea como una reproducción de los contenidos de la web. BibliosBCN es, por el contrario, una herramienta para los usuarios que quieren gestionar el calendario de actividades organizadas por las Bibliotecas de Barcelona y, a diferencia de otras apps de bibliotecas, proporciona un servicio concreto y no sólo información.

Parece que las apps pueden ser una de las vías de desarrollo de la #bibliomovilidad próximamente. Comienzan a aparecer los primeros servicios de creación de apps específicas para bibliotecas por parte de las empresas: Swets Apps Service –que Swets ofrece en colaboración con su socio Obture CODE– y la plataforma Librantia son las primeras en el mercado español. Librantia, inicia su trayectoria con la app de las bibliotecas del País Vasco, aún no publicada. Núria Suri, manager de productos electrónicos en Swets, explicó durante las Jornadas que el coste de estas apps es de entre cuatro y cinco mil euros, dependiendo de las funcionalidades que se incorporen.

Teniendo en cuenta que el coste puede ser un impedimento para algunas bibliotecas, hay quienes han comenzado a experimentar con las plataformas en línea de creación de apps. Sobre ellas hablaron Francesc Carnerero y Taïs Bagés en el XI Workshop REBIUN sobre proyectos digitales. Pero la escasa madurez de estos servicios y las muchas mejoras que aún requieren, así como un resultado más profesional, son una baza a favor de las empresas. Por el momento no parece que todas las bibliotecas estén dispuestas a seguir la vía de las apps, la más costosa económicamente.

La recomendación de apps en el entorno bibliotecario es una de las vías que las bibliotecas pueden explorar sin un coste importante. Así, el Centro del Libro Infantil y Juvenil (CILIJ) las ha integrado en su guía Lo+ como un contenido más. ¿Por qué no recomendar a nuestros usuarios apps para niños y jóvenes, investigadores, estudiantes o personas interesadas en temas concretos?

Aunque hay quienes no apuesten en absoluto por los códigos QR, quizás sean el servicio relacionado con la movilidad más extendido entre las bibliotecas, que los están utilizando con diferentes propósitos: servir de enlace con los contenidos web desde el entorno presencial y para ampliar contenidos son posiblemente las funciones que cumplen más a menudo. En los Bibliobuses de León, explicó Roberto Soto, les permiten estar cuando no están, dadas las características del servicio de los bibliobuses. La dificultad de los códigos QR, que la tienen, no está en su creación, sino en la utilidad final que tendrán y en la experiencia del usuario.

El mayor componente de gaseosa hasta el momento en #bibliomovilidad, al menos en las experiencias que han salido a la luz, está en la realidad aumentada. Experiencias como las de las bibliotecas públicas de Muskiz (vídeo) y Burgos, representativas del uso del reconocimiento de imágenes y la geolocalización respectivamente como puntos de referencia, demuestran que no es difícil de poner en marcha y que requiere una dosis extra de imaginación. Recorrer una ciudad obteniendo información adicional en contexto o enriquecer un folleto en papel es posible para cualquier biblioteca.

Transmitir a los usuarios que también podemos ayudarles con los dispositivos móviles –como indicó Noemí Gómez– y aprovechar las capacidades de smartphones y tabletas es uno de los retos que se nos plantea a las bibliotecas y que hacen que debamos estar atentos a la #bibliomovilidad. La #bibliomovilidad debe ir más allá de hacer que los contenidos se vean bien en el móvil del usuario (aunque no se debe olvidar esta parte), debe buscar cómo combinar las capacidades del dispositivo con las necesidades del usuario o del bibliotecario y pensar nuevos servicios o mejorar los ya existentes para facilitarnos la rutina diaria.